EPIFANÍA: DÍA 21

Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones.

Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

(Lucas 2: 36-38)

María y José fueron al templo a presentar a Jesús según la costumbre.

Simeón, quien había esperado toda su vida por ese momento, pues el Espíritu Santo le había prometido que no moriría hasta no presenciarlo, fue movido al templo por el Espíritu Santo en ese mismo momento.

¡Y Simeón pudo tomar en sus manos al niño y profetizó sobre su vida, sobre la de su madre y el mundo, conforme el Espíritu le había revelado!

Ana, se presentó a esa misma hora. ¿Casualidad? ¡Jamás!

En Cristo no hay casualidades. Hay designios, hay decretos, hay propósitos, hay tiempos, hay cumplimiento.

¡Hay Voluntad, Soberanía, Gobierno de Dios!

Nada ni nadie pudo impedir ese nacimiento, aunque lo intentaron con gran maldad. Estaba escrito y se cumplió el plan de Dios.

Ahora, otra que esperaba este momento singular…

Había vivido sirviéndole día a día, hora a hora, minuto a minuto por más de 84 años; y anunciándoles este momento a todos los demás. ¡Cuántas generaciones escucharían lo mismo!

Estoy segura de que muchos se cansarían de escuchar lo mismo al no ver el cumplimiento. Así, como se cansaron muchos mientras esperaban la Promesa en el Aposento Alto.

Se cansó Sara, la esposa de Abraham. Pensó que Dios se refería a que tendrían un hijo, pero de su esclava, pues ya había pasado algún tiempo y no pasaba nada. Sin embargo, Dios había hablado y cumplió.

¿Cuánto tiempo pasó para que ocurriera el diluvio anunciado? ¿Cuánto tiempo de trabajo arduo en la construcción del arca? ¿Para nada?

¡Por supuesto que no! Dios cumplió y como generación tras generación no creyó, solo Noé y su familia se salvó.

Así es como continúa sucediendo y sucederá. Todo se cumplirá.

Ana no se apartaba del templo, símbolo del lugar donde reside la Presencia de Dios. Servía de noche y de día, es decir, todo el tiempo.

¿Cómo lo lograría? ¿Cómo sería capaz de hacerlo? Ayunando y haciendo oraciones. Pegada de la fuente. Anhelante, deseosa, apasionada, sedienta, hambrienta, expectante, ferviente como Simeón. Y allí estuvo presente en la misma hora.

Entonces, ¿qué hizo? Una vez más vemos un corazón arropado de un espíritu de agradecimiento, de gratitud por el favor que se le había concedido.

Ni Simeón ni Ana se lamentaron ni se lamentaban ahora por haber esperado tanto. La espera quedó opacada por el regalo, por la gracia recibida.

Ellos, al igual que María, José, Zacarías, Elisabet y los pastores, eran humildes y pobres de corazón. Conocedores de “su bajeza”, como expresó María.

Y como todos ellos, puedo imaginármela alabando y glorificando a Dios.

También, dice la Palabra: “…y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén”.

*****

Hay un denominador común en todos estos escogidos de Dios para vivir y presenciar, de una manera u otra, el nacimiento de Jesús:

Corazones humildes, corazones de siervos. Corazones o espíritus de fe, que creyeron. Corazones que respondieron al llamado de Dios.

Corazones sobre los cuales había operado el Espíritu Santo, revelando, mostrándose, suscitando encuentros, bendiciendo, llenando de favor y gracia.

Corazones rendidos, transformados y transformadores, agentes de cambio.

Corazones agradecidos.

Recuerdo a los diez leprosos a quienes Jesús sanó. Recuerdo que solo uno regresó y le agradeció. Recuerdo la pregunta: ¿No fueron diez los que fueron sanados? ¿Dónde están los otros nueve?

Te damos gracias, Señor, por ser el Señor, el Dios nuestro, el único Dios.

Gracias por Tu tan grande amor.

Gracias por Tu misericordia.

Por Tu Favor y Tu Gracia.

Por Tu fidelidad.

¡Te amamos, Dios!

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