EPIFANÍA: DÍA 22

“¡Oh, cuánto alaba mi alma al Señor! Y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador”. (LUCAS 1: 46 – 47, NTV)

Esta fue la respuesta de María luego de que su prima Elisabet se maravillara ante la revelación que el Espíritu Santo de Dios le diera al recibir la visita de la virgen.

María no se envaneció por haber sido la escogida para lo que sería una de las más grandes y trascendentales epifanías del Señor.

En realidad, cada una lo es y cada una ha tenido su tiempo y sus propósitos específicos de acuerdo al plan perfecto de Dios y Su Soberanía.

Más bien, María derramó lo que había en su espíritu a la vez que profetizó Su naturaleza, lo que sería y haría Emanuel:
Él muestra misericordia de generación en generación a todos los que le temen. (v. 50)
¡Su brazo poderoso ha hecho cosas tremendas!
Dispersó a los orgullosos y a los altaneros. (v. 51)
A príncipes derrocó de sus tronos
y exaltó a los humildes. (v. 52)
Al hambriento llenó de cosas buenas
y a los ricos despidió con las manos vacías. (v. 53)
Ayudó a su siervo Israel
y no se olvidó de ser misericordioso. (v. 54)
Pues lo prometió a nuestros antepasados,
a Abraham y a sus descendientes para siempre. (v. 55)

Lo que brotó del corazón de María fue adoración y gratitud.

Este era un corazón maravillado ante la grandeza, el poder, la bondad y misericordia de Dios, a quien reconocía como su Salvador.

****

Esto me recuerda cómo otra de las grandes epifanías del Señor produjo el mismo resultado, pero ahora en María Magdalena y en la otra María.

Tan pronto reconocieron a Jesús, quien les salió a su ENCUENTRO mientras iban corriendo a darles la noticia a los discípulos, dice la Palabra en Mateo 28: 9 (RVR 1960):

“…he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve! Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies; y le adoraron”.

****

¡Aleluya! ¡Gloria a Dios!

¡No lo dudes! ¡El Señor suscita y continuará suscitando encuentros!

¡Él ha salido una vez más a tu encuentro!

¡Sin importar en qué etapa de tu relación con Él te encuentres!

¡Regocíjate!

¡Solo abrázate a sus pies y adórale!

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