EPIFANÍA: DÍA 20

Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel. (Lucas 2: 29-32)

Simeón puede parecerle a muchos alguien insignificante, pero para empezar, para Dios nadie lo es. No debe serlo cuando se le registra de tal manera en las Sagradas Escrituras.

Simeón es un gran ejemplo de fe y de perseverancia. No se nos dice si alguna vez se cansó de esperar, si llegó a considerar la posibilidad de claudicar en su determinación de no morir hasta ver al Señor, sin embargo, no creo que ese haya sido el caso. ¡Todo lo contrario!

¿Has conocido tú el cansancio que provoca, entre otras razones, la espera?

¿Ha atacado la duda de si lo que sabes y escuchaste en realidad lo escuchaste o solo son imaginaciones tuyas? Esto parece no haberle ocurrido a Simeón.

Esto es más importante de lo que parece porque no se trata de un mero capricho, de una obstinación inspirada por una motivación humana, es decir, producto de las obras de la carne. ¡No!

Este hombre creyó en las profecías que hablaban del Mesías. Lo dice la Escritura. Este era un “hombre, justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel…” (Lucas 2: 25).

De manera que él sabía muy bien a quién esperaba y pasó toda una vida esperándolo con expectación, con ahnelo ardiente, al punto de que esperaría el tiempo que fuese necesario hasta que se cumpliese su deseo. Esto lo mantenía vivo; constituía su propósito de vida.
Entonces, podría morir tranquilo, en paz y gozo porque, además, tenía bien claro a qué venía “El Esperado”, “el Deseado de las Naciones”.

¿Siento yo el mismo deseo, el mismo ahnelo, la misma pasión? ¿Qué es lo que “me mueve”? ¿Qué proyecto de vida, qué propósito me mantiene viva?

Este Cristo era la esperanza que mantenía vivo a Simeón. ¿A mí también? ¿Y a ti?

Son preguntas muy importantes. ¡Importantísimas! Solo Dios y yo sabemos la verdad. Él la sabe porque es Omnisciente, todo lo sabe. Sabe lo que pienso y siento.

Pero…¿lo sabe porque se lo he confesado? ¿Cuándo? ¿Cuánto en realidad le he confesado, le he hablado en confianza como se le habla a un amigo, pero con el conocimiento suficiente de que Él es Dios y se merece ser temido reverentemente?
Por lo tanto, ¿inevitablemente hablarle, confesarle con la verdad y con el corazón y el espíritu correcto?

Siempre he dicho que, según la Palabra, si decimos que no pecamos, mentimos.

Si voy con un corazón que no acepta que tiene gran necesidad de Él, ¿para qué me le acerco entonces? Porque lo dice quién. ¿De qué me vale cumplir con los hombres, pero no con Dios?

El Señor mismo se quejaba de la falsedad de los corazones:

Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres”. (Mateo 15: 8-9).

¿Qué convenció a Simeón?

¡Ah, ahí está la clave!

A Simeón se le había dado

una palabra.

El mismo Dios en la persona

del Espíritu Santo,

le había hecho la promesa:

Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios…” (Lucas 2: 26-28).

¡El Espíritu Santo otra vez! ¡El Santo Espíritu de Dios le había revelado a Simeón que conocería al Ungido del Señor antes de morir! ¡Y movido por el Espíritu Santo llegó al templo!

Observo una correlación interesante aquí.

¿Por qué el Espíritu Santo le haría esa promesa a Simeón como no fuera por el ferviente anhelo que “descubrió” en este hombre piadoso y justo?

¡Fervor! ¡Ardiente! ¡Esa debe ser la fórmula!

La Palabra dice:

Y en el último día, el gran día de la fiesta, Jesús puesto en pie, exclamó en alta voz, diciendo: Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba” (Juan 7: 37).

Y luego:

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Juan 14: 21).

En Jeremías 29: 13:

Me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón”.

En 2 Crónicas 15b: El Señor estará con ustedes, siempre y cuando ustedes estén con él. Si lo buscan, él dejará que ustedes lo hallen; pero si lo abandonan, él los abandonará”.

En fin, son muchos los textos que nos invitan a buscar el rostro del Señor asegurándonos que lo encontraremos.

A fin de cuentas, Él nos amó y nos buscó primero.

Por eso, insisto, Simeón debe haber ahnelado y esperado por esta promesa vehementemente.

¡Con fervor! ¡Lo esperó fervientemente!

Y, como fue el Espíritu Santo quien le hizo tal promesa, hubiese sido terrible que no la creyera, que no la valorara como palabra de Dios.

Por eso es que no acabo de entender por qué tanto alboroto, caras largas, ceños fruncidos y actitudes farisaicas cuando uno expresa y sabe que sabe que el Espíritu Santo te ha hablado, te da convicción, de la misma manera que se supone que nos redarguya, nos convenza de pecado y nos lleve al arrepentimiento. Pero, ¿cómo?, si somos tan “celosos” con este asunto del Espíritu Santo.

¡Por supuesto que debemos ser cautelosos, cuidadosos y celosos! No obstante, el mismo Jesús decía:

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 2y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. (10: 27-29).

¿Cómo se supone que “oiga su voz” si Él no se comunica? ¿Cómo podríamos seguirle?

Tristemente, aun cuando está bíblicamente comprobado cómo el Espíritu Santo es una persona que se comunica, que se quiere comunicar, que desea mantener una relación o comunión íntima con los hijos del Padre; existen personas que lo ignoran por diversas razones y mediante diversos argumentos.

Peor aún, critican, murmuran y se burlan de aquellos que afirman ser guiados, enseñados, llevados a la verdad a través de la Persona del Espíritu Santo. ¿O es que acaso ya el Espíritu Santo no se comunica de la misma manera?

Ese no fue el caso de Zacarías, ni de María, ni de Elisabet, ni de los pastores, ni de Simeón. Tampoco fue el caso de Ana. Y ya vemos cómo Dios se manifestó en la vida de cada uno.
¡No hubo nadie que hiciera desistir a Simeón y a Ana de lo que ellos sabían que el Señor les había dicho y de lo que creían?

¿No crees que seguramente enfrentaron la burla, la crítica, el juicio, el rechazo y la murmuración?

Estoy segura de que muchos no entendían qué era lo que tanto esperaban y hasta los darían por locos.

Algo parecido le sucedió a Noé, pero el creyó y se mantuvo firme, aunque no había visto ni siquiera lo que era la lluvia.

¿Te anima esta verdad a continuar creyendo en la Palabra de Dios, en sus promesas? ¿En lo que te ha dicho a ti en la intimidad a pesar de la incredulidad y el juicio de otros?

La Palabra dice que el Espíritu Santo estaba sobre Simeón.

Ahora, Él vive en ti y mí. Somos templo del Esíritu Santo y, si queremos tener grandes experiencias, transformaciones en todos los aspectos de nuestra vida, necesitamos ahnelar fervientemente al Señor sin dejar fuera a la persona del Espíritu Santo.


¡Hermosa época para este tipo de encuentros!

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