EPIFANÍA: DÍA 17

Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo…”

(Lucas 1: 67)

¡Zacarías fue lleno del Espíritu Santo! ¡Y profetizó! ¡El Espíritu Santo le dio una revelación grandiosa! ¡El Espíritu Santo! ¡Y, así, Zacarías profetizó lo que el Espíritu Santo le reveló!

Y esa profecía, como todas las demás, se cumplió. En esa profecía le fue revelado prácticamente todo el plan salvífico de Dios:

“Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,

69 Y nos levantó un poderoso Salvador
En la casa de David su siervo,

70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;

71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron;

72 Para hacer misericordia con nuestros padres,
Y acordarse de su santo pacto;

73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,
Que nos había de conceder

74 Que, librados de nuestros enemigos,
Sin temor le serviríamos

75 En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.

76 Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;

77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,
Para perdón de sus pecados,

78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,

79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas…”.

Ahora, lo que es interesante es que dentro de ese plan, el Espíritu Santo le revela a Zacarías cuál sería la participación de su hijo Juan en ese gran plan, y por consiguiente, el suyo y el de Elisabet como padres.

Estos no podrían criar de cualquier forma a su hijo. Ellos estarían encargados de criar, educar al profeta que iría delante del Mesías esperado.

Así mismo sucede contigo y conmigo. El Espíritu Santo nos llenó con Su Presencia y nos convenció de que Cristo es la puerta y nos convenció de nuestra necesidad de Él.

Luego, comprendimos el plan de Dios para el mundo. Más tarde, ha ido revelándonos nuestra participación en ese plan.

Claro, aparte del desarrollo de nuestra comunión con Dios y nuestro conocimiento de Él. Nuestra comprensión y desarrollo como hijos del Padre gracias al sacrificio del Hijo. De nuestra participación como seguidores y discípulos.

Nuestra identidad como parte de Su reino:

“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. (1 Pedro 2: 9).

Por eso, tú eres especial. Por eso, tú eres importante. Por eso, Dios cuenta contigo. Por eso, Dios te separó y consagró para Él como lo hizo con María y José, con Zacarías y Elisabet y como lo hizo con Juan.

Este es un buen momento para reflexionar. Después de haberle dicho que sí, ¿estoy actuando conforme a lo que se me ha revelado, confiado y comisionado?

¿O seré yo una o un Jonás? En estos días he estado meditando en ese texto bíblico también. En ese en el que vemos a Jonás huyendo de Dios.

¡Perdónanos, Señor! No somos dignos de Tu amor ni de Tu llamado y, sin embargo, Tu te deleitas en darnos muestras de Tu inmenso amor cada día, a cada hora, minuto y segundo.

¡Heme aquí, Señor! Que se haga Tu voluntad y no la mía, en el Nombre de Jesús!

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