EPIFANÍA: DÍA 15

Entonces María dijo: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador; porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre, y su misericordia es de generación en generación a los que le temen”.

(Lucas 1: 46-50)

¡Hay encuentros….! ¡Hay encuentros inolvidables!

¡Encuentros que te marcan para toda la vida! ¡Encuentros que te transforman!

¡Encuentros que sanan! ¡Encuentros que te bendicen!

¡Encuentros que cambian tu lamento en baile!

¡Así fue el encuentro que tuvieron María y Elisabet con Dios!

¡Encuentros de grandes promesas y de grandes designios de Dios! ¡Encuentros de cambios radicales, no solo para ellas, sus familias y comunidad, sino para la historia de la humanidad! Tanto así que dichos encuentros han quedado registrados en las Sagradas Escrituras.

¡Encuentros en los que Dios se revela de diversas formas de acuerdo a Su sabiduría, soberanía, voluntad y Sus propósitos!

ENCUENTROS

Fue el caso de Abraham con Dios, quien le hizo una gran promesa. Abraham, como María, creyó que así como lo había prometido, Dios lo haría. Por eso salió de su tierra y de su parentela, y Dios cumplió.

Así le sucedió a la esclava de Sara, Agar. La primera vez, huyó al desierto; pero allí en el desierto la encontró el ángel de Dios.

¡Qué encuentro! Dios busca, está atento y suscita un encuentro con la esclava egipcia de Sarai.

¡No! Los encuentros no son exclusivos para algunas personas. Dios no hace excepción de personas.

¡Dios tiene preparados más encuentros contigo y conmigo!

Allí, en el desierto:

“…la halló el ángel de Jehová junto a una fuente de agua en el desierto, junto a la fuente que está en el camino de Shur. Y le dijo: Agar, sierva de Sarai, ¿de dónde vienes tú, y a dónde vas?

Y ella respondió: Huyo de delante de Sarai mi señora. Y le dijo el ángel de Jehová: Vuélvete a tu señora, y ponte sumisa bajo su mano.

Le dijo también el ángel de Jehová: Multiplicaré tanto tu descendencia, que no podrá ser contada a causa de la multitud.

Además le dijo el ángel de Jehová: He aquí que has concebido, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Ismael, porque Jehová ha oído tu aflicción.

Y él será hombre fiero; su mano será contra todos, y la mano de todos contra él, y delante de todos sus hermanos habitará.

Entonces llamó el nombre de Jehová que con ella hablaba: Tú eres Dios que ve; porque dijo: ¿No he visto también aquí al que me ve?

Por lo cual llamó al pozo: Pozo del Viviente-que-me-ve. He aquí está entre Cades y Bered.

Y Agar dio a luz un hijo a Abram, y llamó Abram el nombre del hijo que le dio Agar, Ismael.

En este encuentro, el ángel de Dios increpa a Agar preguntándole lo que Él ya sabía, pero era importante que Agar la escuchara porque así, ella sabría que no estaba sola, que Dios la VEÍA y la cuidaba.

Luego, el ángel de Dios le da instrucciones precisas. Finalmente, el ángel le hace una promesa de una gran bendición para el hijo que apenas cargaba en su vientre.

¿Cuál fue el resultado de ese encuentro? Que Agar tuviera que alabar y adorar a Dios por Su grandeza, por haberle hecho una promesa que quitaba de su alma su aflicción. Una promesa que la sostendría, aún cuando ella era considerada por los demás como solo una esclava.

Este fue un encuentro en el que una egipcia tiene un encuentro cara a cara con Dios y luego de todo, no pudo sino adorar Su Nombre.

Sabemos que Agar obedeció y sabemos que al cabo del tiempo, vino a parar al mismo lugar. Allí también la encontró el Señor una vez más.

En esta ocasión, andaba errante, es decir, sin rumbo, sin un lugar a donde ir, sin una ruta específica la cual seguir. Sin brújula, sin dirección, sin abastos de agua y, quizás comida, a merced de cualquier peligro. Desamparada.

Entonces, allí tuvo un segundo encuentro. Y con el segundo encuentro, una segunda pregunta; y con la segunda pregunta, la palabra de consuelo y aliento:

17 Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: “¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está”.

Con el consuelo y el aliento, Dios le dio nuevamente las instrucciones; y con las instrucciones, la bendición, la promesa:

Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación” (Génesis 21: 18).

Pero en este encuentro, Dios hizo algo más:

Entonces Dios le abrió los ojos, y vio una fuente de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho (v. 19). 20 Y Dios estaba con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto, y fue tirador de arco. 21 Y habitó en el desierto de Parán; y su madre le tomó mujer de la tierra de Egipto”.


En este encuentro, Dios no solo pregunta, no solo consuela, no solo da instrucciones, sino que en este encuentro Dios, con Su Poder, movido por Su amor y Misericordia, LE ABRE LOS OJOS a Agar para que pudiera ver.

Y cuando se le da “esta vista”, puede percibir, puede darse cuenta de que realmente no ha sido abandonada a su suerte, de que no está sola ni desamparada y que ni ella ni su hijo morirán porque en ese encuentro, también Dios había hecho provisión. También dio compañía, acompañamiento:

“Y Dios estaba con el muchacho”.

Todo eso en un encuentro. Lo importante no es el encuentro, lo importante es con quién nos encontramos porque, según el texto bíblico, ahí no acabó la bendición, el favor, la gracia de Dios. ¡Aleluya!

*****

María nunca más fue la misma. Incluso, a partir de ese encuentro, ella sería recordada como “bienaventurada”. ¿Por qué? No por sus dotes ni talentos; sino por lo que había hecho Dios con ella en ese encuentro.

Ella misma le da toda la gloria a Dios de dicha bendición:

“Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso…”

Esas son las palabras que salen del corazón de María (Lucas 1: 49).

María no puede detener la alabanza en sus labios, la adoración que estremece su corazón, su espíritu, todo su ser:

Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

María ha sido conmovida intensamente y experimenta regocijo, un estado de gozo, de paz, de alegría y de bienestar, de llenura. Siente cómo su alma se ha llenado de la Presencia de un Dios tan grande y excelso.

María vuelve a reconocer su posición de sierva. Vuelve a reconocer el favor y la gracia con la cual ha sido bendecida por el que es Santo:

“…porque ha mirado la bajeza de su sierva”.

No importa cuán “bajos” nos veamos o nos vean. No importa cuán humildes, pobres, pecadores. Este texto, en voz de María alude a la misericordia de Dios:

Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen” (v. 50).

Nuestro Señor siempre quiere encontrarse con nosotras (os). Es muy posible que nos pregunte, sí, lo que Él ya sabe, pero la pregunta es para nosotras (os).

Siempre nos consolará, nos ayudará y nos proveerá.Dará instrucciones.

Cada encuentro carga una gran bendición. Carga el favor y la gracia de Dios que nos sana y alegra el alma.

Que nos lleva a humillarnos, a postrar nuestros corazones al reconocer que es Dios Santo.

Nos provoca la alabanza y la adoración. Y, ¿qué es adoración, sino poseer un corazón de sierva, que reconoce su posición de hija y la Suya de Padre, de Salvador, de Consolador?

¿Qué es adoración sino decir que sí, rendirse, abrazar Su voluntad sabiendo que siempre es buena y perfecta?

El gesto y las palabras de María no eran una simple expresión de alabanza y de agradecimiento.

Ellas manifiestan un corazón dócil que acepta la voluntad de Su Señor, aun sabiendo que Su voluntad traería sacrificio, sufrimiento y dolor por un tiempo, pero una corona sin igual para la eternidad.

¡Buen tiempo para que nuestro espíritu se regocije en nuestro Salvador!

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