EPIFANÍA: DÍA 10

Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios”. (Lucas 1: 35)

“¿Y cómo será esto?”, preguntó María al ángel. No puedo imaginar qué estaría pensando, sintiendo, experimentando María en esos momentos.

¿Conocía María al Espíritu Santo? No lo creo, pero lo conocería y cómo.

Por eso, aunque la Palabra no lo dice, puedo inferir que cada vez que Jesús prometía el don del Espíritu Santo, con el cual serían investidos de poder sus discípulos, María sabía sin duda que sí sucedería.

Además, ya ella había tenido una experiencia trascendental con la persona del Espíritu Santo y había experimentado el impacto de Su poder.

Me la imagino ahnelante y aguardando con expectación, pero a la misma vez con la tranquilidad y la paz que da la convicción de que allí llegaría, al Aposento Alto, y algo grande ocurriría. Solo como Dios sabe hacerlo.

El Espíritu Santo fue sobre María. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra como le fue anunciado.

La arropó. Es decir, no solo vino y se posó sobre ella, sino que cayó sobre ella y la empapó como lo hace la lluvia.

¡La sombra! ¡La Presencia manifiesta de Dios! La manifestación de Su poder y de Su gloria actuando sobre María para provocar uno de los prodigios y actos de amor más impresionantes de nuestro Señor: la concepción virginal de María por medio de la obra de poder del Espíritu Santo!

Tenía que ser así. Semejante milagro tendría el resultado del nacimiento de Jesús, el Santo Ser, el Hijo de Dios.

María debe haber experimentado el peso de la gloria de Dios sobre ella creando donde no existía como cuando Dios creó los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ella.

Jesús ascendió al cielo y está a la diestra del Padre; y nosotros recibimos a Su Santo Espíritu, su bautismo, su llenura. ¡Esta también es una epifanía!

El poder del Altísimo cubriéndonos bajo Su sombra, creando, transformando, sanando, restaurando, ungiendo, santificando.

Haciendo que concibamos y que nazca Jesús en nosotros. Su gloria derramándose sobre nosotros.

¡Somos portadores de Su Gloria!

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