EPIFANÍA: DÍA 3

Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. (Lucas 1: 28, RV 1960)

Gabriel se le apareció y dijo: ¡Saludos, mujer favorecida! ¡El Señor está contigo! (Lucas 1: 28, NTV)

 

Ahora, el ángel que Dios envió a Nazaret a una virgen llamada María, “entró donde ella estaba”; se le apareció.

¡A María!, cuyo nombre en hebreo es “Miriam” y que significa “exaltada”.

¿Ves por qué para Dios los nombres son importantes? Los nombres encerraban un significado.

En muchos de los casos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, los nombres están relacionados con la identidad de quien lo carga. Tienen que ver con la forma como Dios los ve.

En otras ocasiones, tiene que ver con lo que será esa persona, con lo que hará, ya sea conforme a la voluntad de Dios, obedeciendo y agradándole o no.

Así que si “María” es “Miriam” en hebreo, habría que ver qué hacía que esta joven, tan joven, recibiera semejante saludo.

María vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea. ¡Imagínate! María era de Nazaret, como también Jesús, obviamente.

¿Cómo es que Dios escoge y piensa en semejante ciudad para escoger a la madre de Jesús? ¿Es que acaso de Nazaret puede salir algo bueno?, preguntó Natanael cuando lo invitaron a conocer al Mesías.

Nazaret era considerada una ciudad “de poca reputación en cuanto a religión y conocimiento de las Escrituras, y tan cerca de la gentilidad”, según Mathew Henry.

María era una joven virgen, desposada, lo que le daba cierto honor, según las tradiciones de aquellos tiempos.

Sin embargo, su humildad, la región de la que provenían, todas eran razones de más como para que Dios no la escogiera para que fuera la madre de Jesús hecho hombre.

No había nacido y ya estaba anunciando que para Él, los humildes, los más pobres eran valiosos e importantes, y que tendrían un lugar privilegiado en su Reino.

Esto quiere decir que no necesitamos pertenecer a una familia “con apellido” o acomodada. Tampoco tenemos que provenir de una ciudad o lugar considerado por la sociedad como selecto, distinguido, costoso, donde solo unos pocos pueden vivir.

Tampoco le importa nuestra edad, si somos más jóvenes o más viejos. Dios escoge y llama a quien quiere sin importar lo que los demás piensen de ti, de tu familia, de tu ascendencia, del lugar donde vives, de tu oficio o profesión.

¡Nada! ¡Nada detiene lo que Dios decidió y ordenó desde antes de la fundación del mundo! Tampoco nos descalifica si provenimos de una familia reconocida, si eres pudiente, si vives en una elegante y costosa urbanización, si ostentas un puesto de alta jerarquía o si tienes un gran negocio.

Dios no mira lo que mira el hombre. Él mira lo que hay en el corazón y quien único conoce nuestro corazón en toda su plenitud es Él.

Dios no excluye lo que nosotros usualmente excluimos ni incluye a quienes pensamos que deberían ser los elegidos.

¡Esto debería alegrarnos y acercarnos más al Señor sintiéndonos cómodos, aceptados, amados y deseados. ¡Ah!, y seguros de que fue Dios quien nos escogió.

Seguros de que a Él le parece muy bien que seas tú quien lleve a cabo  esa tarea. Que seas tú la escogida o el escogido para eso que tú sabes que Dios te encomendó.

El Señor quiere que entendamos y que recordemos que para Él, al igual que María, somos muy favorecidos y favorecidas. Que somos recipientes de Su favor, de Su gracia y que siempre está con  nosotros.

Esto es muy importante porque , ¿cuántas veces nos hemos sentido desdechados, desafortunados, abandonados? En fin,  que nada bueno nos sucede, que Dios nunca nos bendice, que Él ni se entera de que existes.

¡Mentira! Él envió al ángel al lugar y a la persona menos pensados. Lo envió para anunciarle un mensaje de Dios. ¡Un mensaje del cielo! Un mensaje muy importante porque transmitía la voluntad de Dios. Se trataba de un mensaje que ya había sido anunciado a través de las profecías y estas se estaban cumpliendo.

¡Quién lo hubiera dicho! ¡Esta visitación era totalmente inesperada para María! Este mensaje implicaba una enorme bendición. El cumplimiento de esta misión requeriría gran valentía y obediencia de parte de ella.

¿Te ha sucedido algo así alguna vez? ¿Te ha sucedido que el Señor te haya hecho un gran anuncio por medio de su Palabra, del Espíritu Santo o por medio de otra persona? ¿Un anuncio que te deja perplejo (a) porque inmediatamente comprendes que se trata de algo grande que solo podría provenir del favor de Dios?

¿Que se trata de una bendición de Dios y que, para que se cumpla, será indispensable que el Señor sea y esté contigo?

¡Imagínatelo! Dios te envía un ángel para darte Su mensaje y, así, dejarte saber que has sido favorecido (a), que has sido bendecido (a), que has sido exaltado (a) porque has sido escogido (a) para una gran encomienda.

Por otro lado, el ángel Gabriel, como todos los ángeles, es un mensajero de Dios. Ellos obedecen la voz de Dios. Ellos transmiten lo que su voz ordena. Son instrumentos para que se cumpla Su voluntad. No actúan por iniciativa propia o de forma independiente. Los ángeles obedecen la voz de Dios.

Por lo tanto, si el ángel Gabriel saludó a María de esa manera, lo hizo porque él solo enviaba el mensaje de Dios sin un punto de más o de menos. Era, en ese momento, la voz de Dios y lo que expresaba era su sentir.

Entonces, ¿cómo saluda el ángel, es decir, cómo saluda Dios a María?:  “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre todas las mujeres!”.

Así es como piensa y siente el Señor de nosotros (as) sus hijos (as). De esa manera es que se acerca. La Palabra dice que el ángel entró donde ella estaba. El enviado de Dios entró al lugar donde ella estaba. La otra versión dice que  el ángel se le apareció.

Dios se nos aparece, nos encuentra en un momento de nuestra vida y luego a lo largo de ella. ¡Es una verdadera epifanía!

Además, el Espíritu Santo no dice lo que Él quiere, no viene a dar un mensaje diferente al que Dios Padre e Hijo quieren darte. Se trata de un solo Dios. De manera que el Espíritu Santo de Dios llega hasta nosotros (as) en cualquier lugar y a cualquier hora. También a cualquier persona que quiera escuchar lo que tiene que decir. Él habita en nosotros, somos su templo.

Y… ¿qué es lo que nos tiene que decir? ¿Qué es lo que quiere anunciarnos? ¿Cuál es el mensaje?

Juan, el discípulo amado, registra en su Evangelio estas palabras que les pronunció Jesús a él y a los demás discípulos: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16: 13, RV 1960).

Eso quiere decir que debemos estar atentos y anhelantes… Debemos desear y pedirle que nos hable todo lo que ha oído de parte del Padre y del Hijo; y que nos haga saber las cosas que habrán de venir.

¿Sabes? Él, como es Dios, tampoco hace excepción de personas porque tiene el mismo corazón del Padre y del Hijo..

Para Él eres muy favorecido, muy favorecida. Para Él es muy importante que sepamos, creamos y recordemos que…

¡El Señor es contigo! ¡El Señor está contigo!

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