¡TÚ PUEDES CREER!

Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró. (Juan 9: 38 RVR 1960)

     Jesús no solo transformó la vida de este hombre ciego de nacimiento al sanar su ceguera física, emocional, mental, social y espiritual;  también transformó la vida de sus padres y de su comunidad.
     Sus padres también sufrieron mucho. Jesús quitó la afrenta (vergüenza) que tanto los padres como el hijo habían experimentado por muchos años desde el momento de su nacimiento.
     Es que Dios se compadece de los pobres de espíritu, de los que sufren, de los que lloran… Todos estos son bienaventurados en Su Reino.
     Dios transforma nuestras vidas devolviéndonos y restaurando nuestra dignidad. Somos aceptados y amados por el Dios Todopoderoso. No importa quién no nos ame, no importa quién nos rechace, el Amado de las Naciones, nos ama.
     Me llama mucho la atención en este milagro de Jesús, el hecho de que luego de que Jesús lo sanara, de que el hombre fuese interrogado por los vecinos y por los fariseos varias veces, dice la Palabra que: 
     “Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?” (Juan 9: 35).
     Jesús escuchó que habían expulsado a este hombre de la sinagoga. ¡Ya se parecía a Él! ¿Cuántas veces fue expulsado Jesús?
     “…y hallándole…” ¿Jesús planificó otro encuentro con este hombre? ¿Jesús volvió a buscarle? Fijémonos bien: Jesús supo que lo habían expulsado y lo encontró. ¡Jum! ¡Qué detallazo!
     Como si hubiese sido poco lo que ya había hecho por el ANTES hombre ciego. AHORA, lo busca y lo encuentra nuevamente.
     El primer encuentro ya había provocado cambios impresionantes en la vida de este hombre. Había ocurrido una transformación.
     De hecho, esa es la manera como sabemos que Dios, por medio del Espíritu Santo, nos ha encontrado. Hay cambio. Hay transformación. Una, repentina. Otra, de por vida. Porque la obra del Espíritu Santo es poderosa, continua y progresiva si lo deseamos y si cooperamos con Él. ¡Aleluya!
     Sin embargo, este hombre vive un segundo encuentro con el Mesías sucitado por el Mesías. ¡Me parece fascinante! ¡Este es el Jesús de los encuentros!
     Y como si no hubiese sido suficiente con los interrogatorios, AHORA también Jesús lo interpela: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? (v. 35).
     Ante la respuesta del hombre, Jesús se le revela: (36) Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él?

(37) Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.

38 Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.

     ¡CREO! ¡CREO! ¡CREO! La Palabra de Dios dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11: 6).
     Este es un versículo que muchos se saben en algún grado de memoria, pero es necesario leerlo detenidamente y pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine el entendimiento: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3: 16).
     ¡Todo aquel y aquella que crea! Es un requisito indispensable y, a la vez es una gran promesa. Por eso, debemos ser sinceros con el Señor y con nosotros mismos y si existe en nosotros algo de incredulidad, por la razón que sea, debemos arrepentirnos, pedir perdón al Padre en el Nombre de Jesús y pedirle a Su Espíritu Santo que “nos ayude en nuestra incredulidad”, “que aumente nuestra fe”.
     Y el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre envió en el nombre de Jesús, nos enseñará todas las cosas, y nos recordará todo lo que dijo (Juan 14: 26). El Espíritu Santo de verdad, nos guiará a toda la verdad (Juan 16: 13).
     “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios (Juan 3: 17-18).
     En Juan 3: 36 se insiste en la necesidad de creer: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”.
     Luego, en Juan 5: 24, Jesús mismo enseña: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.
     La ganancia que obtenemos al creer es demasiado importante y valiosa como para continuar vacilando. Se trata de nuestra vida y de nuestra vida eterna en la Presencia y en comunión con Cristo. Se trata de nuestra herencia.
     Hay hijos y familias enteras que se pelean y se convierten en enemigos por una herencia. Sin embargo, esta herencia está garantizada por el sacrificio que ya padeció nuestro Amado Señor Jesucristo.
     Ahora, no se trata de decir “Sí, yo creo”. Con el creer viene un hacer. “No seais solo oidores, sino hacedores de mi palabra”. Nos podremos engañar hasta a nosotros mismos, pero al que escudriña nuestros corazones, nunca.
     Las Escrituras dan testimonio de Jesucristo. Pidamos también por pasión y entendimiento de Su Palabra. Al profeta Ezequiel, Dios le hizo comerse el rollo. ¡Ayúdanos, Señor, a comer del rollo nosotros también!
     En el Evangelio de Juan se registran las palabras de Jesús relacionadas con Su Palabra: “(39) Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; (40) y no queréis venir a mí para que tengáis vida. (41) Gloria de los hombres no recibo. (42) Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros. (43) Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís, si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis. (44) ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los uno de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? (45) No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. (46) Porque si creyeséis a Moisés, me creerías a mí, porque de mí escribió él (47) PERO SI NO CREÉIS A SUS ESCRITOS, ¿CÓMO CREERÉIS A MIS PALABRAS?” (Juan 5: 39-47).
     Como si fuera poco, Juan 6: 47 repite: “De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna”.
     ¿Acaso necesitas refrigerio? ¿Anhelas Su Presencia? ¿Necesitas llenura del Espíritu Santo? Juan 7: 38-39 nos recuerda: El que CREE EN MÍ, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir LOS QUE CREYESEN EN ÉL…”.
     Cuando Marta lloraba y le pedía a Jesús que no abriera la tumba de su hermano Lázaro porque ya debía tener mal olor, pues había muerto hacía ya cuatro días, Jesús le respondió: “No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” (Juan 11: 39-40). 
     ¿Qué es lo que nos parece a nosotros difícil, imposible? ¡Jesús sanó al ciego de nacimiento! ¡Jesús resucitó a Lázaro y al hijo de la viuda! 

     De la misma manera, hará lo imposible por nosotras y nosotros. Para Dios no hay nada imposible. Solo tenemos que creer y veremos Su Gloria. ¡Santo!
     ¿Creeremos? ¿Creerás? Entonces, ¡veremos Su Gloria! ¡Tú la verás, ciertamente! ¡Aleluya!
     Tomás dudó que el Mesías había resucitado y vale la pena leer este pasaje: Y luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. (28) Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! (29) Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; BIENAVENTURADOS LOS QUE NO VIERON, Y CREYERON” (Juan 20: 27-29).
     E inmediatamente, Juan añade y aclara: (30) Hizo además Jesús muchas señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro. (31) Pero estas se han escrito PARA QUE CREÁIS que Jesucristo es el Cristo, el Hijo de Dios, y PARA QUE CREYENDO, TENGÁIS VIDA EN SU NOMBRE” (Juan 20: 30-31).
      Digamos a viva voz, pero sobre todo, en nuestros corazones: ¡Señor mío y Dios mío!, porque hemos creído en el tres veces Santo: Santo el Padre, Santo el Hijo y Santo el Espíritu Santo.
     ¿Qué milagros ha hecho Jesús en nuestra vida? ¿Qué bendiciones hemos recibido de Él? 
     ¡Hoy es un buen día para recordar! No para atormentarnos, sino para agradecer y CREER. 
     Para darnos cuenta de que Él ha provocado encuentros con nosotras y nosotros en muchas ocasiones. Este es el Dios que nos sale al encuentro siempre. 
     El Dios que nos busca. El Dios que conoce todo acerca de nosotros y se muestra interesado como se mostró al saber que el hombre a quien había sanado, había sido expulsado de la sinagoga.
      El Dios que nos halla una y otra vez. El Dios que nunca nos deja solos. Siempre está a nuestro lado. 
     ¿Y nosotros? ¿Nos dejamos encontrar? ¿Cómo respondemos a estos encuentros? ¿Cómo respondemos a su deseo de estar con nosotros siempre? 
    ¿También le buscamos nosotros a Él? ¿Le creeremos? 
     ¡Sí, Amado Mío, te creemos! ¡Sí, Señor, te creo!

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