¡YA ESTÁ!

     No dicen ustedes: “Todavía faltan cuatro meses para la cosecha”? Yo les digo: ¡Abran los ojos y miren los campos sembrados! Ya la cosecha está madura; 36 ya el segador recibe su salario y recoge el fruto para vida eterna. Ahora tanto el sembrador como el segador se alegran juntos. 37 Porque como dice el refrán: “Uno es el que siembra y otro el que cosecha”. 38 Yo los he enviado a ustedes a cosechar lo que no les costó ningún trabajo. Otros se han fatigado trabajando, y ustedes han cosechado el fruto de ese trabajo. (Juan 4: 35-38)

 Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.

   ¡Es tiempo de cosecha! ¡Es tiempo de cosecha!

      Te verás en el banco. Te verás bajándote del carro. Saldrás a hacer tus diligencias y, allí mismo, donde menos te lo imaginas, te encontrarás, como por casualidad,  una persona con una terrible y apremiante necesidad de Dios.

     ¡Noooo! ¡Nada de casualidades! Es que serás como Felipe: ¡Serás traspuesto al desierto! ¡Serás colocado, llevado, guiado al lugar de la necesidad! ¡Oh, Santo! ¡Aleluya!

     Ya estás preparado. Ya estás preparada. Aún así, es tiempo de orar y velar.

     Mira, a algunos les serán revelados hasta los nombres (mantén la libreta y el bolígrafo cerca). Les será indicado, por el Espíritu Santo de Dios, hacia dónde deben caminar. En dónde los encontrarán.

      Y vendrán y comenzarán a contar, cómo, cuando estaban en tal lugar, el Señor les presentó a tal persona y terminaron orando, intercediendo y presentándosela al Señor.

     Algunos, incluso, verán milagros en el momento. Milagros de todo tipo. Sanidades.      Donde no había, habrá la provisión. Casos en corte resueltos. Conflictos en el trabajo arreglados. Regalos. ¡Aleluya!

     Estarán atareados fuera de la estructura física de la iglesia.

     En ocasiones, te preguntarás cómo fuiste a parar allí, cómo fue que llegaste a ese lugar.

      Algunos llegarán a tu propia casa y te sorprenderás. Tus peores enemigos, se acercarán. Quieren de lo que tú tienes.

     ¡Ah!, porque tal vez no te hayas dado cuenta, pero vas con las manos llenas a dar de lo que te fue dado. A dar de lo que se te ha llenado. ¡Oh, gloria a Nuestro Dios!

     Estás llenl de vino nuevo en odres nuevos. No en valde fuiste probado por el fuego.

     Solo les pido que cuando esto comience a suceder, si no es que comenzó ya, lo cuentes para la gloria de Dios, para fortalecer nuestra fe, para alegrarnos con el cielo y dar gracias a Dios.

     Y no es que esto nunca les haya sucedido. Sé que algunos pudieran sentarse a contar y no terminarían, pero sucederá otra vez. Con tal facilidad. Como si ya el Señor hubiese trabajado con sus corazones y estuviesen listos paea escuchar lo que te indique el Espíritu por medio de la Palabra.

     Debo decirte que tenemos mucho trabajo. Hay que orar, interceder, como con dolores de parto.

     Cuidarnos, guardarnos, porque en el momento menos pensado, nos tocará ser un o una Felipe, un Pablo, Pedro, Esteban…

     Y esto no es juego de niños ni inventos ni emociones. Esto se trata del Reino de Dios y Su justicia.

     Esto incluye a los jóvenes, nuestros hijos. Es decir, ellos también han sido ya reclutados.

     

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