No menosprecies el lugar donde te encuentras ni la tarea que estás realizando

Yazmín Díaz-Torres

“No seas ridículo!, respondió Saúl. ¡No hay forma de que tú puedas pelear contra ese filisteo y ganarle! Eres tan solo un muchacho, y él ha sido un hombre de guerra desde su juventud”. (1 Samuel 17: 33)

     ¿Te suenan conocidas estas palabras? No. No lo pregunto porque las hayas leído antes en la Biblia y las hayas escuchado en alguna predicación. Lo digo porque esas son las típicas palabras de Satanás que vino a robar, matar y destruir.
A robarte el sueño que el Espíritu Santo puso en tu corazón. A robar, destruir y matar tu relación, tu comunión con el Señor. A acabar con la restauración de tu vida y la de tu familia.
A robar, destruir y matar tu llamado en el reino de Dios. A acabar con los planes y propósitos que Dios planificó de antemano. A acabar con cualquier posibilidad de que otras vidas sean salvadas y restauradas por el Señor a través de ti.
Satanás es padre de mentira y le encanta torturarnos con este tipo de palabras de desaliento. Con palabras que nos hagan sentir indignos, insignificantes, ridículos.
Con palabras que resalten lo imposible que resultará la tarea para ti y para mí. La imposibilidad de tener éxito.
Hay otros que sí podrán. Hay otros que acabarán contigo. Ni siquiera lo intentes, nos insiste Satanás.
Pero tú y yo no hemos estado en todos los lugares que hemos estado ni hemos vivido todo lo que hemos vivido como para que este tipo de palabras sean capaces de intimidarnos y de detenernos. Eso es lo que le convendría a él.
¡No menosprecies los lugares en los que te has encontrado por voluntad propia o por cosas de la vida! ¡No menosprecies el lugar en el que te encuentras ahora! ¡No menosprecies lo que has tenido que hacer o lo que estás haciendo ahora!
Esos lugares y esas tareas han sido parte de tu y de mi entrenamiento y Dios lo utilizará a nuestro favor y a favor de Su pueblo como lo hizo con David, quien muy seguro y con la tranquilidad que da el conocimiento, el aprendizaje y la experiencia contestó:
“Pero David insistió: He estado cuidando las ovejas y las cabras de mi padre. Cuando un león o un oso viene para robar un cordero del rebaño,  (35) yo lo persigo con un palo y rescato el cordero de su boca. Si el animal me ataca, lo tomo de la quijada y lo golpeo hasta matarlo. (36) Lo he hecho con leones y con osos, y lo haré también con este filisteo pagano, ¡porque ha desafiado a los ejércitos del Dios viviente!
     Esto me recuerda una película que vi cuando yo era pequeña, “Karate Kid”. Un joven debía aprender en poco tiempo a pelear en combate utilizando las artes marciales. El anciano maestro lo puso a lavar y brillar un carro. Estaba muy interesado en que realizara perfectamente los movimientos para frotar la carrocería. De esa manera quedaría inmaculado.
Luego, lo puso a pintar una valla o cerca en madera. Otra vez, insitía al muchacho que debía mover la brocha y la mano de una manera muy específica.
Hasta que el chico se cansó y se molestó y le reprochó al maestro diciéndole que estaba perdiendo el tiempo. La fecha de la competencia se acercaba y él no se sentía preparado porque él lo tenía haciendo otras cosas que nada tenían que ver con el karate.
Pero el anciano era muy sabio, y sabía muy bien lo que hacía y se lo demostró.
Cuando comenzó con lo que joven consideraba que en verdad eran las clases, resultó que a través de los movimientos y ejercicios que llevaba a cabo brillando el carro y pintando la cerca, había aprendido los principios básicos e indispensables para defenderse y para atacar a sus oponentes.
Demás está decir que ganó el campeonato, gracias a la sabiduría de su maestro quien lo colocó en los lugares y a hacer lo que debía para prepararlo bien.
Y así es como ha hecho el Señor contigo y conmigo: (37) ¡El mismo Señor que me rescató de las garras del león y del oso me rescatará de este filisteo!”
Piensa: ¿En qué valle has estado o te encuentras? ¿Cuidando qué tipo de ovejas? ¿Peleando con que tipo de leones y osos?
¡No lo dudes! El Señor nos ha venido preparando… “Y el Señor mismo estará con nosotros! (v. 37).

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