¡NADA HAY IMPOSIBLE PARA TU DIOS!

“Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; (37) porque nada hay imposible para Dios”. (Lucas 1: 36-37)

        Cuando el tiempo del cumplimiento de las profesías sobre el Mesías esperado llegó, lo que ocurrió fue una sucesión de eventos portentosos, milagrosos, prodigiosos; y, tal y como sucedió con la Creación, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo pueden verse actuando majestuosamente y con todo poder en una unidad que todavía hoy es difícil de entender.

     A algunos se nos olvida y nos esforzamos por recordar que la persona del Espíritu Santo también es desde siempre y su participación puede distinguirse sin dudas desde siempre.

     Cuando leemos, estudiamos y meditamos un poco los primeros capítulos del Evangelio de Lucas, se encuentra la poderosa y amorosa acción del Espíritu Santo y nos sorprendemos porque uno dice: “Pero si todavía no había pasado Pentecostés”.

     ¡Exacto! El Espíritu Santo es Dios y, no solo ha estado presente todo el tiempo desde el Antiguo Testamento, sino que se ha mantenido actuando sobre todo lo que hay en el cielo y en la tierra, y en los planes para la redención del mundo desde antes de la fundación del mundo.

      No vamos a deternos en el Antiguo Testamento ahora, aunque sería un deleite poder ver el movimiento del Santo Espíritu de Dios durante ese tiempo.

      Sí, deleitémonos en la forma como lo hace desde antes de la concepción virginal de María. En esta importantísima ocasión, el ángel Gabriel le explica a María que concebiría cuando el Espíritu Santo viniera sobre ella y el poder del Altísimo la cubriera con su sombra.

      Aunque la concepción de Elisabet también es producto de la intervención divina, aunque también es considerado por todos en aquel tiempo y en los subsiguientes hasta el día de hoy como un milagro, producto del la bondad, del amor, del poder y de la Soberanía de Dios; estos dos milagros, estas dos concepciones son distintas.

     Elisabet y Zacarías eran esposos hacía ya mucho tiempo, eran viejos y Elisabet era estéril. En esto radica el milagro, en que aun así, Elisabet quedara embarazada y tuviera un hijo. Y no cualquier hijo, sino que ella traería al mundo a Juan el Bautista, el radical profeta de Dios.

     Como si esto fuera poco, hay unas palabras que pronuncia el ángel en el texto bíblico de hoy que merecen especial atención.

      Cuando el ángel Gabriel le cuenta a María que su prima Elisabet también tendría un hijo en su vejez y que ya iba por el sexto mes de embarazo, también se refiere a Elisabet como “la que llamaban estéril”.

     No sé si me hago entender. Lo que pienso es que Dios está diciendo: “…la que para ustedes y para ella misma es estéril porque para mí ella nunca lo fue. Yo siempre supe que ella tendría un hijo. Yo siempre tuve en mis planes, en mi mente y en mi corazón a ese hijo.

      Por lo tanto, Yo nunca la llamé estéril, quienes lo hicieron fueron ustedes, la gente, su familia, los religiosos de aquella época y hasta ellos mismos”.

     Esto me demuestra que lo que para nosotros es evidente: Elisabet no ha podido tener hijos y ya es vieja, por lo tanto, es estéril; para Dios no lo es.

      Para Dios solo es nuestra apreciación de lo que estamos viendo, una apreciación cargada por las costumbres y tradiciones, por los prejuicios sociales, por la religión, que suele aprisionar al ser humano y lo estigmatiza.

      Una apreciación basada en un total desconocimiento de la verdadera naturaleza de Dios, de Su poder, de Su amor y de Su misericordia.

     ¿Cómo somos que llamamos “esteril” o de cualquier otra forma, lo que para Dios no lo es? ¿Lo que Dios llama “fructífero”?

     ¿Cómo vemos nosotros? ¿Cómo me veo a mí mismo (a)?  ¿Será esa la forma como me ve el Dios que me creó?

     Dios le demostró a Zacarías, a los sacerdotes, al pueblo, a todos, que Él tiene otros planes, que Él ve de manera muy distinta a como nosotros lo hacemos y que los nombres que Él asigna, son muy distintos a los que solemos adjudicarnos a nosotros mismos y a los demás.

     Todos esperaban que Juan se llamara Zacarías como su padre, pero Dios fue quien le dio nombre y lo llamó Juan.

    Todos esperarían que fuera sacerdote como su padre y Dios lo llamó profeta.

      Todos esperarían que viviera como su padre, pero Juan vivía en el desierto, se vestía de una forma peculiar, se alimentaba y se comportaba de forma distinta.

         En resumen, en ambos casos, tanto en Elisabet como en María, podemos ver la manifestación del poder del Espíritu Santo, aunque de formas distintas, sujetas a la Voluntad, a la Soberanía y a la Sabiduría de Dios.

      En el caso de Elisabet, no solo Dios obra el milagro provocándole una gran alegría a ella; sino que Dios quita. Dios le da a Elisabet un hijo y, con ese regalo, con ese don, con esa bendición, con ese milagro, con ese acto de amor, de bondad y generosidad, ¡Dios le quita!

      ¡Dios le quita a Elisabet al mismo tiempo que le da! ¡Dios le quita el sello, el nombre, el estigma de “estéril”!

    ¡Dios quita de su vida el “oprobio”, es decir, la verguenza, la “afrenta” que implicaba aquella condición en aquel tiempo.

     Y Elisabet lo reconoce. Por eso, se humilla y le agradece al Señor: “Así ha hecho conmigo el Señor en los días que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres” (Lucas 1: 25).

     ¿Entre quién, dijo Elisabet? “…entre los hombres”. ¡No delante de Dios!, porque Dios estaba muy claro de quién era Su hija y de lo que haría por ella y a través de ella. ¡Gracias, Padre!

      Aunque no aparece en el texto bíblico de hoy, sino que lo veremos más adelante, sí podemos adelantar que el Espíritu Santo actúa también de forma “sobrenatural” sobre Elisabet:

     “Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo” (Lucas 1: 41).  ¡Alabanza!

     El Espíritu Santo actuando y operando sobre sus escogidos como si ya hubiese acontecido Pentecostés.

      Es que Pentecostés fue y es para nosotros, mientras que el Espíritu Santo, como es Dios, ¡siempre es!

     ¿Acaso esto no fortalece tu fe, tu confianza y tu esperanza! ¡Levántate! 

      ¡El Espíritu Santo siempre es! ¡Solo Él sabe quién realmente eres, sabe lo que está haciendo contigo y lo que hará a través de ti!  ¡Debo ponerme de acuerdo con lo que Él dice en Su Palabra que yo soy!

     Él vendrá con dones, regalos, bendiciones y quitará tu afrenta. El Señor quita de nuestra vida todo lo que ha sido causa de verguenza entre los hombres porque nada hay imposible para Dios.

“No fue Dios quien llamó a Elizabet estéril. Fue un asunto de hombres. Dios sabía que ella concebiría siendo ya una mujer de edad avanzada. Y el fruto de su vientre fue Juan el Bautista. ¿No es acaso grandioso cómo el poder de Su amor revela nuestra verdadera identidad?”


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