¿Qué quieres que te haga?

20 | febrero |2018

Esta es, una vez más, la pregunta:   “¿Qué quieres que te haga?” (Marcos 10: 51).

    En ocasiones, he gritado en silencio. Mi necesidad de Dios ha sido tal, mi dolor, mi cansancio…que he llorado y gritado en un aparente oscuro y prolongado silencio.

     He sabido que Dios me escucha, que no es necesario gritar; pero… ¿sabes? Al Maestro no le molesta.

     Tal vez, haya quienes crean que estás alborotando mucho, que estás molestando, que es mejor que te calmes y te calles. ¡Por favor, no molestes al Maestro!

     ¿Al Maestro? ¿A Jesús? ¡A Él no lo molestas!

 Su Palabra dice: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mateo 7: 7-8).

   Eso fue lo que sucedió con Bartimeo, el ciego: 

47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 

48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Marcos 10: 47-48).

     Lo importante no es que lloremos o gritemos o pidamos y suframos en silencio. Lo importante es que pidamos, clamemos, supliquemos, lloremos o lo que sea a la persona correcta.

Bartimeo no gritó ningún otro nombre. No gritó: ¡Pedro!, ¡Juan!, ¡Tomás!… 

¡No! Bartimeo llamó al único que él sabía que lo podía escuchar y al único que lo podría ayudar. 

Bartimeo sabía que quien pasaba por allí, muy cerca de él, aun cuando se encontraba “sentado” a la orilla del camino, era Jesús, el Mesías.

Bartimeo sabía que Él tenía el poder para ayudarlo, para sanarlo. Por eso, cuando gritó más alto, Jesús se detuvo. Entonces:

“49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. ÉL entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús”. (v. 49-50).

Jesús, no solo lo llamó, sino que le preguntó:

51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.

52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino”. (v. 51-52)

Jesús sabía lo que Bartimeo deseaba que le hiciera, pero aun así le preguntó. Esto demuestra que Jesús está interesado en escucharnos.

A Él le interesa lo que nos sucede. Él se detiene y le importa nuestra necesidad.

Por otro lado, Bartimeo tuvo la oportunidad de manifestarle su necesidad, de manifestar su fe en Cristo.

Tuvo la oportunidad de servir de testimonio de que Jesús es compasivo, misericordioso ante nuestro dolor y nuestras necesidades.

Que Jesús nos ama sin importar nuestra condición. Que Él no nos rechaza. Que no se asusta ante nuestro problema.

Que cuando lo llamamos y nos acercamos a Él, es capaz de darnos la vista y quitar nuestra ceguera porque Él es la luz que alumbra al mundo.

Que Él tiene poder y autoridad. Que todo se sujeta a Él.

Que nos ama y no es indiferente ni sordo ni  ciego ni pasa de largo, aunque nos sintamos “en la orilla del camino”.

Bartimeo se levantó, se acercó a Jesús, expresó su necesidad con fe.

Entonces, fue sanado y, más todavía, salvado porque dice la Palabra que Jesús le dijo que “su fe lo había salvado” y que “enseguida recobró la vista”.

Entonces, Bartimeo “lo siguió por el camino”.

Jesús nos muestra, al preguntar “qué quieres que te haga”, que Él puede y está dispuesto a hacer lo que le pidas.

Él no tiene limitaciones. Tampoco las tuvo Bartimeo, quien pidió sin miedo lo que para muchos sería algo imposible. Lo que para algunos sería un gran atrevimiento.

Pues, al parecer, a Jesús ni le molestó ni le pareció un abuso de confianza. Ni le pareció que eso que pedía era demasiado grande.

Ni que no se lo merecía ni nada de lo que, en más ocasiones de lo que quisiera, me pongo yo misma como limitación para pedirle al Señor lo que verdaderamente necesito y ahnela mi alma.

Hoy, al preguntarnos “qué quieres que te haga”, Jesús nos está diciendo: ¡Pide! ¡Atrévete a pedirme!

¡No limites mi poder y mi capacidad de amarte y de darte, aunque te parezca a ti algo imposible!

¡Para mí no hay nada imposible! ¡Yo soy el Dios de lo Imposible!

¿A quién mejor que a mí le podrías pedir? ¿A quién le interesas más de lo que me interesas a mí?

¡Aleluya!

– ¿Qué quieres que yo te haga?, nos pregunta hoy nuevamente Jesús a través de Su Palabra.

– Maestro, que… (respóndele a Jesús).

– “Vete, tu fe te ha salvado”.

Y, en el Nombre de Jesús, en seguida recobrarás… (lo que le has presentado, conforme a Su voluntad).

– ¡Gracias, Señor! Yo te seguiré por el camino, adorando.

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